Cuando Mario Urbina encontró los primeros huesos de este cetáceo, los científicos creían que eran demasiado grandes o que seguramente se trataban de rocas. Tuvieron que pasar 10 años para que el mundo reconozca su descubrimiento.
"Íbamos en auto, pasamos por una quebrada que había visitado antes muchas veces, donde no había encontrado ningún fósil. Sin embargo, esta vez vi un promontorio de roca que jamás había notado. Le pedí al chofer que me lleve y no quiso. Comenzamos a discutir hasta que me harté y salté por la ventana.
Llegué al sitio y noté una piedra rosada en el centro, un color típico de los fósiles de esa época (el Eoceno). Tenía las características de una vértebra de cetáceo, pero era demasiado grande. Aun así, yo estaba seguro de que era un fósil", relata.
Durante el Eoceno, el mar inundaba todo el valle de Ica, donde nadaban basilosáuridos, los primeros cetáceos que cambiaron el hábitat terrestre por el marino hace 50 millones de años. Urbina confiaba en que estaba ante una nueva especie de esta familia de mamíferos.
Además de sus increíbles dimensiones, estas piezas tenían otra rareza: eran totalmente compactas. Su interior era tan sólido como su exterior, a diferencia de los huesos de la mayoría de vertebrados que tienen una estructura interna porosa o esponjosa.
Los huesos que encontró alcanzan un peso de 150 kilogramos.
Urbina lo compara con el monstruo ficticio japonés porque no había cetáceos como este en el registro fósil. El estudio de estos restos ultrapesados era un terreno prácticamente inexplorado por la ciencia.
"Si uno va y le dice a la comunidad científica ‘He encontrado a Godzilla’, bueno, te dicen que no existe, que es producto de la imaginación. Algo así fue la reacción inicial de la mayoría de científicos, ya que no hay antecedentes de algo tan grande para esa época", explica.
Pasaron otros cuatro años en los que Urbina y su equipo excavaron el cerro "a punta de cincel y martillo". Posteriormente, recién hace dos años, se les proporcionó maquinarias de apoyo.
En total, se ha logrado extraer 13 vértebras, 5 costillas y una parte de la pelvis, lo que bastó para que un equipo internacional de científicos confirme el descubrimiento del Perucetus colossus, el cual le debe su nombre a Urbina, quien convenció a los coautores de que la especie lleve la estampa del país.
No obstante, la travesía continúa. El paleontólogo peruano quiere terminar de excavar todo el esqueleto del P. colossus, sobre todo el cráneo, ya que este permitirá saber cómo se alimentaba. Existe, incluso, la posibilidad de que haya sido herbívoro, puesto que la densidad de sus huesos solo le habría permitido estar en el fondo marino, en aguas poco profundas, en las que abundaba la vegetación.
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